Javier A.
Marín
Ecos de un secuestro
Ciudad de México, 1971. Luis Fernando Alonso, un detective expulsado de la policía por enfrentarse a un político corrupto, recibe el encargo de encontrar a Rosaura, la protegida de un diputado involucrado en turbios manejos financieros.
Cuando la localiza, ella ha perdido la memoria y guarda, sin saberlo, el secreto de millones desviados a Panamá. Detective y víctima deberán confiar el uno en el otro mientras persiguen los ecos de un crimen cuyas reverberaciones alcanzan desde Chihuahua hasta las más altas esferas del poder.
© 2021
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Javier A. Marín
Javier A. Marín, es médico cardiólogo de profesión y apasionado lector de novelas históricas y de misterio. Después de publicar tres obras académicas sobre medicina cardiovascular, finalmente se atreve a escribir ficción, volcando su aguda capacidad de observación clínica en la construcción de personajes complejos y situaciones llenas de tensión. Su profundo conocimiento de la Ciudad de México de los años setenta, época que vivió en primera persona, le permite recrear con autenticidad una ciudad que ya no existe, pero que late en la memoria colectiva. Esta es la primera novela de una saga que tiene planeada.
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Ecos de un secuestro
Ciudad de México, 1971. Luis Fernando Alonso, un detective expulsado de la policía por enfrentarse a un político corrupto, recibe el encargo de encontrar a Rosaura, la protegida de un diputado involucrado en turbios manejos financieros. Cuando la localiza, ella ha perdido la memoria y guarda, sin saberlo, el secreto de millones desviados a Panamá. Detective y víctima deberán confiar el uno en el otro mientras persiguen los ecos de un crimen cuyas reverberaciones alcanzan desde Chihuahua hasta las más altas esferas del poder. En un México marcado por la represión del Jueves de Corpus y la Guerra Sucia, Alonso tendrá que elegir entre su deber profesional y el amor inesperado que nace entre ambos. Ecos de un secuestro entrelaza misterio, romance y una mirada íntima a los años más oscuros del México contemporáneo
Ecos de un secuestro
1
Es la tarde de un día lluvioso en la Ciudad de México a finales de septiembre del año
1971. En la calle Palma hay un edificio antiguo, cuya construcción data del siglo XIX,
con una fachada de cantera desgastada por el tiempo y balcones oxidados de hierro
forjado. Ha tenido mejores épocas y un par de remodelaciones, pero ahora las rentas
congeladas no ayudan al mantenimiento del otrora elegante edificio de oficinas. El
elevador rara vez funciona, así que la mayoría de los visitantes suben por las escaleras
de mármol oscuro, cuyos escalones cóncavos se han hundido en el centro debido al paso
de generaciones.
Un hombre de mediana edad, con canas en las sienes y vestido con traje de fina
hechura, lee el directorio del edificio. Encuentra en la columna del tercer nivel lo que
busca:
304 Luis Fernando Alonso – Investigador privado
Sube por las escaleras hasta llegar al piso tres y, una vez allí, recorre un pasillo
largo y lúgubre, apenas iluminado por la poca luz que entra por una ventana alta al
fondo de este. La puerta de la oficina que busca es de madera maciza con un vidrio
esmerilado que tiene inscrito en letras doradas el nombre del detective y el título
genérico: «Investigaciones Privadas». Toca con firmeza y una voz masculina contesta al
cabo de un par de segundos: «Adelante».
El hombre entra y de inmediato percibe una mezcla de olor de papel viejo, café
recalentado y tabaco añejo, aunque el actual inquilino no fuma. Puede notar que el
mobiliario es tan antiguo como el edificio. Frente a él, un escritorio de roble con marcas
de quemaduras de cigarrillo domina la habitación; está cubierto con expedientes
desordenados y una vieja máquina de escribir empolvada. A su izquierda hay un
ventilador de aspas herrumbrosas que zumba perezosamente y en la otra esquina, un
sofá de cuero agrietado de dos plazas, donde han dormido clientes borrachos, testigos
nerviosos y el propio detective en más de una ocasión. Junto al sillón, una biblioteca
improvisada, hecha con tablones apoyados en ladrillos, alberga expedientes, novelas de
detectives y una botella de whisky a medio terminar. La ventana, de vidrios sucios y
gruesos, con marcos de madera gastada, da a una calle ruidosa en la que los gritos de los
vendedores ambulantes y los cláxones de los automovilistas frenéticos forman parte de
la banda sonora de cada día.
Aunque todavía no es de noche, las luces de neón de un hotel de paso que está
justo al otro lado de la calle ya parpadean, se cuelan por el cristal e iluminan la silueta
del detective; le recuerdan que, en esa ciudad, las sombras siempre esconden secretos.
—Buena tarde, Sr. Alonso —dice el visitante, tomando asiento en una de las
sillas de madera enfrente del escritorio.
—Buenas tardes —responde Alonso—. ¿En qué puedo ayudarlo, señor…?
—Miranda, Arturo Miranda. Verá, señor Alonso, estoy buscando a una persona.
Una mujer, específicamente: 25 años, de estatura media, cabello castaño y ojos verdes.
—Y ¿cómo es que la perdió? O, mejor dicho, ¿cómo se extravió? ¿Desde
cuándo y dónde?
—Es una historia un poco larga, pero para abreviar le diré que es mi amante. Le
tengo un departamento en la colonia Condesa desde hace un año. Tuvimos una
discusión hace casi una semana y no contesta mis llamadas. Fui a buscarla y el
departamento está como si hubiera salido momentáneamente. Es decir, su ropa está ahí,
maletas y demás. Hablé con la persona que va a hacer la limpieza y me dijo que los
últimos dos días no contestó el llamado a la puerta.
—¿Fue a la policía? —pregunta Alonso mientras hojea con soltura unos papeles.
—No —responde en seco Miranda. Luego, con un tono más serio, agrega
inclinándose hacia adelante—: Soy diputado, y mi posición política… no me permite
hacer público este problema. Mi esposa es muy conocida en los medios y quiero evitar
toda publicidad. Y de una vez le digo que ya mandé buscar en hospitales y en el
Servicio Forense, sin éxito alguno.
—¿La buscaron por su nombre? —inquiere Alonso.
—Desde luego. Si no, ¿cómo?
Luis Fernando Alonso siente cierta molestia y recelo. Hace poco más de un año
lo dieron de baja del cuerpo de la Policía de Investigación. Había logrado capturar a un
chantajista que resultó ser el hijo de un político prominente de Durango, el cual movió
palancas para que destituyeran a Alonso como represalia, pues el caso fue todo un
escándalo mediático que con dificultad logró sofocar el padre.
A sus 27 años de edad, Luis mide un metro ochenta y cinco de estatura y tiene una
complexión atlética gracias a las dos horas de ejercicio que realiza todas las mañanas en
un gimnasio ubicado a cinco cuadras de su oficina. Es de buena presentación, aunque su
apariencia pueril y pelo largo le restan seriedad; sus excompañeros del cuerpo policiaco
todavía lo llaman Niño Gerber. Cuando lo destituyeron, le dieron una buena
compensación, ni ostentosa ni precaria, en parte por el político duranguense y en parte
por su exjefe, quien le tenía aprecio.
Tres meses después de su despido, comenzó a trabajar como asociado de un
investigador privado, amigo suyo, quien a las pocas semanas sufrió un accidente que
hasta la fecha no ha sido esclarecido. Tras este incidente, el investigador quedó inválido
y le heredó el negocio y la oficina a Luis. Desde entonces, salvo el letrero de la puerta,
no ha remodelado el lugar, esperando mejores ingresos, y ha mantenido un perfil
discreto. Alonso conserva su preciado automóvil, un Mustang del 68, verde oscuro,
como el que tenía su héroe Steve McQueen en la película Bullit, pero del acogedor
departamento que tenía en una zona decente de la ciudad y de su expareja, con quien lo
compartía, no puede decir lo mismo: puesto que los clientes no llegan con frecuencia y
sus ahorros menguan a paso acelerado, se mudó a un pequeño piso en un barrio popular
y la chica, evidentemente, lo dejó por alguien con mejor nivel económico.
—Mire, señor Miranda —comienza Alonso, entrelazando sus dedos sobre la superficie
del escritorio—. En caso de que decida aceptar su encargo, voy a requerir más
información sobre esa mujer: fotografías recientes, su lugar de origen, cómo la conoció,
los sitios que suele frecuentar…
—¿En caso de aceptar? —interrumpe Miranda con una sonrisa cargada de un
cinismo refinado—. Vamos, señor Alonso, creo que ambos sabemos que su economía
no atraviesa por un periodo precisamente boyante. Me permití indagar un poco sobre su
historial; un antiguo colega suyo, el teniente Domínguez, me dio las mejores
referencias. Me consta que su expediente quedó impoluto y que su salida figura como
una renuncia voluntaria, a pesar de que llevaba usted una carrera meteórica en el
cuerpo.
—Vaya —dice Luis Fernando, recostándose en su silla—, así que se tomó la
molestia de investigarme… Y eso que el detective soy yo.
—No juegue conmigo, señor Alonso —le advierte Miranda al tiempo que pone
encima del roble una carpeta y la desliza hacia el detective—. Mi posición no me
permite el lujo de confiar en cualquiera. Usted goza de una reputación de hombre
íntegro y confiable, y eso es lo que necesito. Por sus honorarios no debe preocuparse;
serán saldados sin chistar en cuanto los resultados comiencen a materializarse.
—Está bien —asiente el detective abriendo la carpeta—. Pero voy a requerir,
además de la información completa, una partida de cuatrocientos pesos diarios para
viáticos. Habrá que desplazarse con frecuencia, aceitar manos con propinas para obtener
datos, cubrir alimentos y gasolina… Usted sabe, gastos operativos que, desde luego,
serán justificados con sus facturas y notas respectivas.
—Creo que no me ha entendido. Ya le dije que el dinero no será un obstáculo
—responde Miranda con un gesto de impaciencia—. Le otorgaré quinientos pesos
diarios para viáticos durante las primeras dos semanas. Espero, eso sí, noticias a la
brevedad. Si por alguna razón las cosas se llegasen a complicar, renegociaremos los
términos en su momento. —Se levanta de su asiento y sentencia—: Realmente me
interesa mucho encontrar a esa mujer.
»Mañana mismo, a primera hora, le haré llegar el resto de los datos con mi
chofer, un hombre de mi absoluta confianza —añade Miranda mientras deposita con
firmeza tres mil pesos sobre el escritorio—. Sin embargo, exigiré un reporte diario de
sus avances. ¿Tiene línea particular?
Alonso, extrayendo una tarjeta doblada de su cajón, le explica que solo cuenta
con el teléfono de la oficina. Miranda observa el cartoncillo con una mueca de evidente
desagrado y dice:
—Entiendo. Mi chofer lo llamará a este número alrededor de las doce del día
para establecer el contacto.
—Muy bien —concluye Alonso sin estar plenamente convencido—. El aparato
tiene grabadora de mensajes; así su empleado podrá dejarme el número y la hora exacta
donde encontrarlo en caso de que yo me encuentre fuera realizando pesquisas.
Sin ofrecer la mano, Miranda camina hacia la puerta y se detiene antes de cruzar
el umbral; por encima del hombro, observa de reojo al detective con una fría mirada:
—Y una advertencia: a pesar de la recomendación, no pretenda hacerse el
perdedizo ni albergue otras intenciones. Recuerde que tengo los medios necesarios para
localizarlo en cualquier rincón de esta ciudad.
—No pierda el sueño por eso; soy un profesional —contesta Alonso, altivo,
sosteniéndole la mirada y pensando con ironía en las palabras del diputado: «Me podría
localizar a mí, pero no a su amante… Interesante».
—Espero que así sea —replica Miranda secamente.
Acto seguido, el diputado gira la cabeza y sale de la estancia, dejando tras de sí
un rastro de perfume empalagoso que se pierde en el aire viciado de la oficina. Alonso
resopla y se queda sumido en una incertidumbre densa: por un lado, la urgencia de sus
finanzas no admite remilgos, pero por otro, no le gusta tratar con políticos. Él sabe a la
perfección de lo que son capaces.
2
Al día siguiente, tras concluir su rutina de ejercicio, sale del gimnasio antes de lo
habitual y se dirige a buscar a Domínguez. Lo encuentra en la cafetería de siempre, en
una mesa apartada, despachando con parsimonia su café y el habitual sándwich de
jamón.
—Hola, Dominguín —saluda Alonso mientras se desliza en la silla de
enfrente—. Gracias por la recomendación.
—Ah… sí —responde Domínguez, limpiándose las comisuras con una servilleta
de papel—. Es una persona confiable para ser político. No se emborracha, asiste
regularmente a las sesiones de la cámara y no se le conocen traperías. Es confiable el
licenciado Roberto Guzmán.
—¿Guzmán? —pregunta Alonso, arqueando una ceja con disimulo.
—Así es —le contesta Domínguez, consultando su reloj de pulsera—. Bueno,
tengo que irme. Suerte en tu trabajo.
A Luis Fernando le produce una punzada de irritación el hecho de que el cliente
le haya mentido respecto a su nombre, aunque, en el fondo, entiende que la discreción
es la moneda de cambio en esos niveles. Ahora que conoce su apellido real, se promete
investigarlo por su cuenta más tarde.
Regresa puntual a la oficina y, apenas unos minutos después, llega el chofer. Es
un mastodonte de casi dos metros y semblante hostil; tiene las manos grandes y algo
deformes por la práctica constante de karate, y una nariz de luchador que ha sido rota en
más de una ocasión. Sin mediar saludo, el hombre le entrega un sobre cerrado; su voz
suena como grava arrastrada por el suelo:
—Soy el enlace. La información que tenga la recibiré escrita en sobre cerrado.
Nos pondremos de acuerdo en el teléfono.
Sin esperar respuesta, da media vuelta y sale de la oficina con pisadas pesadas
que hacen vibrar el viejo entarimado.
—En definitiva no me gustaría enfrentarme a este tipo —murmura Luis
Fernando para sí mismo mientras observa la puerta.
Rompe el sello del sobre y comienza a desparramar los documentos sobre el
viejo escritorio de roble. Las fotografías revelan a una mujer de una belleza serena,
sonriente y de apariencia impecable.
—Vaya, vaya… Tiene buen gusto este licenciado. —Obviamente, en ninguna de
las imágenes aparece el rostro del político; después de verlas, analiza el expediente—.
Veamos…
»Mujer originaria de Chihuahua. Veinticinco años. Trabajó como secretaria
bilingüe para una compañía minera en Parral antes de buscar fortuna en la capital,
donde se empleó en una sucursal bancaria del Centro Histórico poco menos de un año
atrás. Fue ahí, en medio de trámites burocráticos, donde el licenciado Guzmán la
conoció y, tras un cortejo persistente de varios meses, ella finalmente aceptó salir con
él. —«Sí que es pesado el tipo», dice para sus adentros y continúa.
Al terminar de leer los archivos, Alonso toma la copia de una llave del interior
del sobre y sale de su oficina. Entre otras cosas, el relato de Guzmán le ha dejado
entrever, con esa suficiencia propia de los hombres de poder, que poco tiempo después
de la primera cita el diputado y la mujer se convirtieron en amantes, y como prueba de
su afecto —o de su posesión— él le instaló un departamento en el número 348 de la
avenida Ámsterdam, en el corazón de la colonia Condesa.
Mientras la tarde muere, Alonso llega al inmueble y constata que, pese a que el
departamento ocupa la totalidad del segundo nivel, el espacio no es particularmente
vasto, aunque sí ostenta una sobriedad elegante. Consta de dos recámaras, una estancia
para sala-comedor y una alcoba adicional habilitada como cuarto de televisión. Un
balcón adornado con plantas lánguidas ofrece una vista privilegiada a la fronda del
camellón; la cocina es de buen tamaño y el cuarto de servicio permanece desocupado.
Al ser un edificio con tres décadas de antigüedad, carece de estacionamiento, pero se
mantiene en un estado de conservación impecable.
Los objetos personales de la mujer siguen ahí, a la espera de un regreso incierto.
El clóset guarda sus vestidos y, sobre el mueble frente a la cama, los productos de
belleza permanecen en orden. En la recámara halla dos fotografías de ella: una de
estudio, donde luce muy bonita pero estática, y otra capturada en una embarcación; en
esta última, ella viste un bikini y ríe hacia la cámara con una espontaneidad que
contrasta con la seriedad actual del lugar. No obstante, Alonso nota dos ausencias
fundamentales: no hay rastro de su bolso personal ni documentos de identidad en los
cajones.
El detective se queda pensando mientras el polvo baila en los haces de luz que se
filtran por el balcón: «¿Qué circunstancia la obligó a desaparecer? ¿Aún estará viva?
¿Se encontrará en su ciudad natal? ¿Tiene amigas en quienes confiar?». El banco,
decide, será la primera escala mañana para investigar.
Antes de marcharse, inspecciona el resto del edificio. Hay otros dos
departamentos en el primer y tercer piso, mientras que la planta baja alberga un local
habilitado como salón de belleza. Los otros niveles parecen deshabitados, pese a las
plantas en sus balcones. Alonso prolonga su vigilancia paseando por el camellón de la
avenida sin apartar la vista del portal de entrada; sin embargo, al dar las once de la
noche, nadie más hace acto de presencia.
Finalmente, regresa a su departamento en la colonia Portales. Aquel refugio, a
diferencia del de la Condesa, cuenta con un pequeño estacionamiento que Alonso
agradece. Odia dejar su Mustang a merced de la calle, pues ya se lo han abierto en dos
ocasiones anteriores para robarle el radio, los espejos retrovisores y una chamarra de
cuero que le gustaba mucho.
Acostado en su cama, comienza a hacer conjeturas: «¿Sería que el diputado ese
era violento con ella? ¿Habrá otro personaje o personajes involucrados? ¿Qué pudo
haber hecho como para desaparecer así?». Son muchas preguntas para un caso
intrigante, pero Alonso ya no piensa con claridad y, después de varios rodeos mentales,
el sueño y el cansancio lo vencen.
3
Fiel a su costumbre, Alonso se levanta antes de que salga el sol y realiza su rutina
matinal. Después, todavía temprano, se encamina hacia la sucursal bancaria ubicada en
el cruce de las calles Isabel la Católica y Madero, en pleno centro de la ciudad. Bajo el
techo alto del recinto, observa con detenimiento el ajetreo de las cajeras y, un poco más
allá, el orden de las secretarias instaladas en sus escritorios laterales. Tras un breve
escrutinio, decide sentarse frente a una joven cuya expresión le parece amable. Luego
de los saludos de cortesía y las presentaciones de rigor, extrae de su saco la fotografía
de Rosaura.
—Disculpe, señorita Gómez, estoy buscando a esta persona —dice Alonso,
deslizando la imagen sobre el escritorio—. Tengo entendido que trabajó en esta oficina
hace casi un año. ¿Sería tan amable de brindarme alguna información al respecto?
La joven examina la fotografía con curiosidad, pero termina por negar con la
cabeza.
—Lo siento, tengo apenas unas semanas de haber ingresado y no la reconozco.
Pero aguarde un momento, déjeme preguntarle a Sofía; ella lleva varios años en la
institución.
Minutos después, la empleada regresa acompañada de una mujer de ademanes
firmes, quien parece ser la jefa de sección. Sofía observa a Luis Fernando con una
desconfianza evidente antes de interrogarlo:
—¿Se puede saber con qué propósito la busca?
—Verá usted, ella es originaria de Chihuahua y su familia ha perdido todo
contacto con ella —explica Luis Fernando, manteniendo el tono profesional—. Me han
encomendado localizarla y estoy recabando cualquier dato pertinente.
—¿Me permite su identificación, si es tan amable? —solicita Sofía con tono
serio.
—Desde luego —asiente Alonso.
Con un movimiento fluido, entrega la credencial que aún conserva del cuerpo de
la Policía de Investigación. Sofía lee el documento y su postura se relaja visiblemente.
—Oh, entiendo… Es usted policía —dice ella.
—Así es —miente Alonso sin inmutarse—. Investigamos el paradero de una
persona desaparecida.
Ya más tranquila, Sofía le revela que Rosaura trabajó poco tiempo en el área de
cajas, pues debido a su eficiencia fue promovida a ejecutivo de cuenta. Sin embargo,
aproximadamente ocho meses después, presentó su renuncia alegando que debía volver
a su tierra por asuntos familiares. Desde entonces, el banco no había vuelto a tener
noticia de ella.
—¿Sabe si mantenía amistad con alguien de la oficina? —pregunta el detective.
—Sí —responde Sofía tras un momento de reflexión—. Déjeme llamar a Adela;
era con quien más convivía.
Adela llega al cabo de un rato. Según su testimonio, Rosaura residía en la
colonia Tacuba. Pese a que no conocía la dirección exacta, recordaba que solían
compartir la misma línea de autobús, aunque Adela descendía varias paradas antes.
Confiesa que nunca se le ocurrió preguntarle por su domicilio particular. Describe a
Rosaura como una mujer alegre que siempre obsequiaba una sonrisa y poseía un trato
excepcional con los clientes; muchos la buscaban específicamente por su carisma,
aunque ella declinaba con cortesía sistemática cualquier invitación personal. Adela
admite que sintió su ausencia, pero reconoce que su relación nunca trascendió los
trayectos compartidos en el transporte público.
Con la luna llena en el cielo y él recluido en la sobriedad de su pequeño departamento,
Alonso deja que sus pensamientos orbiten alrededor de las escasas pistas mientras el
ruido de la calle se silencia. Siente que la información aún es superficial. Para
desentrañar el misterio, decide que irá más atrás: contactar a la familia en el norte.



